jueves, octubre 19, 2006

Sonrió

Sonrió. Estaba tan cansado que decidió acostarse un rato. Un rato largo. Un rato tan largo que a cualquier observador impaciente le pareciese, al menos, una eternidad. Era temprano. Olía a luz y calor. Pero él tenía frío. Así que decidió tumbarse con su txapela. Llevaba boina desde hacía, por lo menos, otra eternidad.

Sonrió. Como hacía casi siempre. Como antes y después de casi todo. Pensó en su boina de paño y en el día en que salió del hospital. Hacía ya 60 años. Recordó el olor de la llegada. El olor al despertarse del sedante que le inyectaron en el manicomio. Recordó el olor de la salida, seis años después. Y el calor de su boina. La boina que tapaba el agujero de trépano en su cabeza. Recordó la mano del cirujano. Su estrecharla firme. Su sonrisa ansiosa y el agradecimiento por la operación. Lobotomía prefrontal. Único superviviente de un experimento múltiple con enfermos mentales. Salía extirpado y con la bicha que le acosaba desde el final de la guerra.

Nunca más pudo trabajar, ni entender ninguna obligación. Sólo sonreír. Y querer a esposa y cinco hijas sanas. Y luego muchos nietos. Y biznietos. Y ya nunca más la necesidad de escapar de nada. Ni de su propia risa. Se movió inquieto en la cama. Notó las piernas hinchadas y cerro los ojos.

Canturreó. Canturreó su canción de noche. Canturreaba horas y horas. Era su trampa urdida durante años. El señuelo infalible para el sueño esquivo. Oyó a su hija murmurar que no empezara otra vez. Oyó a su yerno decir que no se dice "catarrera", que es carretera. Sonrió. Recordó aquella catarrera por la que caminó. Con el fusil al hombro. Recordó caminar entre aviones negros. Y aunque ahora, con su lobotomía a cuestas se rieran de él, siempre supo que los aviones negros son los peores.

Caminó. Desde el frente del Ebro hasta casa. Caminó desde que supo que su padre había muerto, que su madre estaba sola y enferma. Que era tiempo de cosecha. Caminó aunque su compañero le gritó que no desertara. Sonrió. Un campesino no deserta nunca de su tierra. Ni de su madre Gregoria, su tatuaje en el antebrazo. Lo arrestaron meses después. La guardia civil por esconder un fusil. La policía militar por abandonar el frente. El médico militar por su loca cabeza superviviente.

Sonrió. Se le estaba enfriando el pecho. Canturreó y cerro los ojos. LLegaba el sueño. Estaba tan cansado que decidió dormir un rato largo. Tan largo que a cualquier observador impaciente le pareciera una eternidad .

Duerme bien, abuelo.
Sonríe, canturrea,
y dale seguido por la catarrera.

A mi abuelo Adrián.
5 Marzo 1916 - 18 Octubre 2006

10 comentarios:

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reve dijo...

...












(Es el adiós más bonito que he visto nunca)

Juankar dijo...

Mucas gracias Reve....
El también era el abuelo más bonito que yo he visto nunca

Nuala dijo...

Lo siento, Juankar. Tiene razón Reve. Es una despedida preciosa.

Tu abuelo ya no está pero siempre le recordarás con una sonrisa. Su sonrisa.

Un abrazo.

mad dijo...

Se lo decía el otro a alguien que también acaba de perder a su abuelo, para mí los abuelos son ausencia, no tuve la suerte de vivirlos. Pero siempre he sabido a donde escribirlos. Tú lo sabes mucho mejor.
Un beso grande

Juankar dijo...

Nuala, Mad, recibidos y muy agradecidos

Burma dijo...

Niño, vuelves a enmudecerme con la noticia. Pero esta vez en forma de regalo...

besarkada bero bat (nahi duzunean, de las nuestras :))

ostra dijo...

Tu abuelo Adrián sigue sonriendo, te lo aseguro. Algunos le acabamos de conocer y ya le queremos.
Un beso

vitore dijo...

Excelente homenaje. Se le saltan a uno las lágrimas literalmente y por supuesto sin avergonzarme de ello. Muy bello.

Muxu